Lo miró de arriba abajo durante medio minuto.
Pelo engominado,
barba de un día,
corbata (Nudo Windsor),
camisa blanquísima,
americana y pantalón azul oscuro,
zapatos negros,
uno de los dos con el cordón y el nervio desatado.
Vendaje en la mano izquierda.
Lo miró a los ojos durante medio segundo.
Azules casi grises,
profundos,
antárticos,
ayer noche,
luna llena en la ciudad,
de vuelta a casa, paso a paso por la avenida,
gente, coches, escaparates y luces de neón,
un jalón del brazo hacia el angosto callejón,
gritos silenciados con una mordaza en forma de zarpa,
mordisco desgarrador entre los dedos meñique y anular,
sangre,
cruce de miradas,
puñetazo en toda la boca,
sangría,
caída al suelo,
huída.
Ahora estaba a salvo tras el cristal tintado.
Agachó un poco la cabeza
y escribió en un papel en blanco
con letra de niña pequeña:
“Sí, es él”,
sujetándose la mandíbula con la mano izquierda.
Una mirada vale más que mil palabras.











